Viva la Biodanza

El sonido, el ritmo y la conciencia, por Carlos D. Fretgman

Posted on: 20 julio, 2010

Buscando información sobre el ritmo, la conciencia y el sonido, encontré este artículo de Carlos D. Fretgman, un músico argentino, actualmente radicado en España, pionero en la difusión de la música relacionada con los efectos transformadores de la conciencia y la revaloración de los sonidos naturales.

Algunos de sus obras son: Las memorias del agua, una exploración a través de los sonidos del mar, Tao de la Música, obra donde se reivindica la escucha del sonido, el ritmo y la música como formas de percepción de la realidad.

A continuación cito algunos fragmentos de su obra…  

La exteriorización más espontánea del hombre se manifiesta bajo el aspecto rítmico. El sentido humano del ritmo es una disposición intuitiva, a través de la cual agrupamos ciertas impresiones sensoriales recurrentes, vividas y precisas. Este proceso se fundamenta en la capacidad subjetiva de reagrupar latidos en estructuras con absoluta y perfecta precisión células rítmicas. Dependemos del ritmo para pensar, sentir, movernos o actuar en  forma eficaz y fluida, así como para percibir adecuadamente los estímulos exteriores y reaccionar ante ellos.

La música y el ritmo no son más que espejos de la estructuras cósmicas, por eso constituyen una importante vía para reconectarnos con los orígenes más distantes y remotos. Antes de que nosotros toquemos ritmos, los ritmos nos tocaron a nosotros con los orígenes más distantes y remotos. Antes de que nosotros toquemos ritmos, los ritmos nos tocaron a nosotros.  La estructura basal de la música es similar a cualquier estructura basal de elementos científicos.

Todo el Universo es vibración, que según su orden de frecuencia -cantidad de vibraciones por segundo- se presenta en luz, color, sonido y forma, respetando el orden de aparición. En un altísimo grado de aceleración vibracional se halla oscuridad que se convierte en luz; en una frecuencia menor, las sombras luminosas generan color, los colores se transforman en sonidos; y los sonidos crean formas más o menos duraderas. Estos diferentes estadios de densidad reproducen la manifestación de este planeta y los orígenes de la materia.

El  sonido percibido por el ser humano es de una gama de frecuencias localizadas entre 16 y 20.000 Hz (frecuencias sónicas), banda relativamente pequeña -dentro del espectro de ritmos universales- que a partir de nuestro aparato perceptual decodificamos como “sonido”.

Hay otros animales que recepcionan bandas mayores (el silbato para perros es inaudible para nosotros). Por debajo de 16 Hz hay frecuencias subsónicas inaudibles, que son tan lentas que no se miden en ciclos por segundo, sino en segundos por ciclo; las frecuencias ultrasónicas, también inaudibles para nuestro oído, nos afectan de formas aún no conocidas. Las frecuencias extremadamente altas fluctúan de centenares a millones de ciclos por segundo y pueden percibirse en forma de calor en la piel, por lo que se denominan térmicas. En una nota grave de un órgano de catedral (de aproximadamente de 16 a 30 Hz) los pulsos se sienten claramente en nuestro cuerpo, sobre todo en el plexo solar – zona de resonancia de las bajas frecuencias-, percibiéndose como “motor” o instrumento de percusión, granuloso y alternante. 

Nuestro comportamiento es una ondulación constante porque estamos formados por corpúsculos ondulares. La materia no es “sólida”, sin movimiento y vibración; todo vibra rítmicamente. Si miramos nuestra sólida piel en un microscopio electrónico, descubrimos que existe un mundo de apariencia acuática que se mueve rítmicamente en una inacabable danza de la vida. Cuanto más nos aproximamos dentro de las moléculas, descubrimos nuevas partículas danzantes y más pequeñas: protones, positrones, electrones, neutrones, quarks. Todo se disuelve en formas y vacíos, en pautas y estructuras.

 Una de las funciones del ritmo en nuestro organismo es la integración de sus distintas partes y la armonización con los pulsos exteriores. Ejecutamos una continua música en nuestra vida y por una tendencia innata, tendemos a la consonancia en contra de un desorden disonante. Nuestra orquesta cerebral, cuando actúa afinada, nos proporciona la conexión de nuestros pensamientos y actos con la ley gravitatoria terrestre y con el equilibrio como estructura unitaria expansiva de la Conciencia, a través del sistema vestibular.

El ritmo es el equilibrio que permite expresar lo inexpresable y sostiene nuestras emociones, es la base de todo movimiento humano en el espacio, incluyendo la música. Desde el pulso de nuestros silencios y sonidos, al equilibrio de la sangre entre alcalinidad y acidez, o la relación complementaria orto y parasimpática del sistema nervioso, estar en equilibrio es respetar la dinámica rítmica universal y el mensaje del cuerpo conciente. 

En las palpitaciones de nuestro corazón, en el acto respiratorio o en la marcha regular, todos poseemos la capacidad expresiva de impulsos perfectos en un equilibrio eterno. Nuestra misión consiste en unirnos a ese pulso y acompasamos plenamente con el tiempo presente.    “El profano mira,  El sabio ve,  El liberado percibe el ritmo de los ritmos”.

Vivimos en un sonosfera
En mayor o menor grado existe un “murmullo general” constante a nuestro alrededor, un mundo sonoro que nos envuelve, rodea y acompaña, que percibimos en forma automática y pretendemos desterrar de nuestros oídos. Por supuesto, no lo logramos y nos sometemos a una lucha permanente con el mundo exterior.

De todas las experiencias que nos afectan, el olor y el ruido son las dos más difíciles de resistir y evitar. Podemos cerrar los ojos, negarnos a comer algo o a tocar una cosa, pero los ruidos o cerrar la nariz a los olores nos costara mucho trabajo.

El oído es un órgano receptor asociado con la orientación general del cuerpo, el sentido del equilibrio, la orientación temporo-espacial, el control de los movimientos y la acción corporal. Constituye una vía preponderante en el ajuste del organismo a su medio.

Pese a que no nos detenemos a escuchar, nuestra sonósfera nos implica y afecta poderosamente. Nos conmueve por entero,  física y mentalmente. Fuertes conexiones neuronales ligan al oído y los centros superiores del cerebro humano.

Desde el punto de vista cibernético, las energías provenientes del mundo circundante -constituidas por vibraciones, reacciones químicas y/o fenómenos físicos impresionan nuestros circuitos extereoceptores y a través de los transductores (convertidores de energía) los transforman a la forma “eléctrica”. Los estímulos que actúan sobre el oído se denominan fonones -del griego ¨fonos¨ sonido-, pero como veremos más adelante, las vibraciones sonoras nos afectan por entero; todo nuestro ser es un instrumento de resonancia.

Escuchar el entorno es escucharse por dentro. Constituye un conocimiento vital y revelador: transforma la audición consciente en consciente. Si algún día pretendiéramos modificar los continuos y variados “ruidos” que nos circundan, previamente deberíamos conocer el ecosistema sonoro.

Escuchar el entorno es una sencilla forma de meditación o toma de contacto con la realidad. Meditamos cuando permanecemos en un estado de pensamiento puro, diferenciado de las experiencias condicionadas anteriores. Muchas veces confundimos al mundo real, con lo que pensamos o hablamos del mundo a través de sus símbolos. Percibimos auditivamente y con nuestro sistema simbólico decimos: –   Ahá, “escucho” a un niño jugando con una pelota…   Y en realidad, lo que registramos es una variada sucesión rítmica, de tempos y cadencias multiformes.    PAM pam pammm BUM bun bunbun pam pa tán túm dum PAM PAM tuctuctuc ss.
Pensemos cuántas veces nos silenciamos interiormente e interrumpimos el “parloteo” incesante que resuena en nuestras cabezas.
Nos encontramos tan llenos de palabras, que los sonidos puros y reales no tienen espacio en nuestro ser. Es por eso que tantos maestros y filósofos nos hablan de cierto estado de vacío-vacuidad-, como sinónimo de sabiduría y apertura.

Con un vaso colmado, no pretendamos tomar agua de la fuente del conocimiento.  Vacuidad. Quietud. Abierta actitud de escucha. El sonido es conciencia,  Energía en vibración. Cuando un cuerpo en vibración emite sonido hay energía movimiento. Emite energía.  Sonido es una forma de energía en vibración o pulsación.

Isaac Newton designó el fenómeno característico del sonido como pulsus  o pulso. El término pulsus derivó en el de pulsación. “Los sonidos no son otra cosa que pulsaciones del aire”. Onda, pulsación, vibración, materia sonora, y últimamente conciencia sonora, son diferentes nombres utilizados para designar fenómenos similares.

Si una cuerda (de guitarra o violín) se aparta de su posición y después se suelta, entra en vibración. Se ha producido un sonido. Los sonidos producidos por la voz son debidos a la vibraciones de las cuerdas vocales. Si se golpea un vidrio o una campana de cristal también se producen y perciben, vibraciones y sonidos.

En la actualidad  tomamos a la energía como un principio, sin poseer definiciones de su esencia primordial. Se “habla” de la energía, sin conocer su verdadera significación. La energía es uno de los principios fundamentales del Universo. Hay energía en todos los procesos vitales, en nuestros  movimientos, sentimientos, acciones y pensamientos. La electricidad, el viento que sopla, el río que corre, las lluvias torrenciales, todo es energía; pero sus formas de manifestarse son variadas y distintivas.

Las estructuras internas de toda clase de objetos y sustancias no son otra cosa que combinaciones de diferentes clases de movimientos o energías.   Cuando nuestra totalidad se halla básicamente “armonizada”, las energías de una expresión artística musical provocan respuestas o resonancias en nuestra singular conformación.

 Tanto el organismo humano, como la música, son configuraciones energéticas con cierto grado de estructuración, que pueden inter-relacionarse mutuamente. El caudal energético contenido en una obra musical, actúa como un acorde dinámico, producto del ser humano que lo elaboró en consonancia con sus propios valores. La música encierra los misterios nunca revelados de la estructura energética cósmica, a través del reflejo de la dinámica biopsicoenergética del compositor-creador.

En el proceso de audición de una buena interpretación -que respete las pautas singulares de creación de la obra- además del fenómeno estético o sensorial acústico, se desata un contrapunto energético de alta movilización, en un fenómeno de expansión de la conciencia.

Desde un punto de vista estructural, el organismo es un conjunto de partes o elementos resonantes. Cada Órgano posee -en relación a su morfología e histología- una condición de vibración o de máxima resonancia en determinada frecuencia (altura) convirtiéndonos en posibles acordes o complejos sonoros.

En las ceremonias de los pueblos muy primitivos, se utilizaban las series pentatónicas -de cinco sonidos-, y los órdenes monofonal, bifonal, trifonal y tetrafonal para armonizar resonantemente al músico y al oyente.

En Grecia, la escala dórica -que comienza con mi, plexo cardíaco -era utilizada para educar la parte emocional del ser humano. La serie frigia -que comienza en re, glándula hipófisis- era utilizada para educar y desarrollar la parte mental, fundamentalmente el poder del pensamiento. La escala lidia-que comienza en do, glándula pineal, nivel coronario- era utilizada
para desarrollar la intuición superior.

De forma similar se utilizaba la música en China, en donde Confucio consideraba a la música una parte integral de su sistema, un medio para proveer la necesaria disciplina y corrección moral,  basando las líneas melódicas en fórmulas matemáticas, y no en meras improvisaciones.

   En nuestras ciencias exactas, energía es toda causa capaz de transformarse en trabajo, pero en la concepción cosmogónica china,  la Energía Cósmica Primaria es origen de todo lo existente, y se presenta bajo dos aspectos antitéticos -el Yin y el Yang- que actúan recíprocamente.

Para el pueblo chino, la música que se desarrolla y perdura con éxito se halla en acuerdo perfecto con las leyes de la naturaleza, con el Tao, con la oposición complementaria, no dualista, y en equilibrio Yin y Yang.

La energía ( Chi o Ki) intrínseca es el soplo, el aire, la vida, la fuerza, el soplo vital. En el So Quenn Nei ching se hace mención a la energía del cielo (lang), de la tierra (Inn), la energía nutricia pura (Iong) y la energía impura (Oé).

La energía iong circula por los  meridianos, vectores o conductos reales de la Energía, y la energía oé circula por la carne.

Los chinos admiten tres fuentes básicas de energía que gobiernan al hombre. La energía ancestral contenida en las gametas que dieron lugar al huevo fecundado. La alimentación, energía concentrada en los alimentos que proviene del sol. La respiración, que semejante al prana de los hindúes, posee en el aire un contenido energético.

Para la filosofía del Vedanta, así como para la del Samkhya, el prana representa la energía vital: la única realidad existente es la Energía Unica, esa realidad concreta sobre la que se asienta el sistema cósmico y humano: la Conciencia Pura. Esta Conciencia Pura circula por canales -nadis- que en su recorrido presentan núcleos o concentraciones llamados chakras.

 Fuentes de las citas: Carlos G. Fregtman, El Tao de la música, tomadas del sitio web Temakel

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