Viva la Biodanza

Archive for the ‘Salvando sueños’ Category

He visto recientemente esta película “Las mujeres de verdad tienen curvas” (2002) de Patricia Cardoso (llegó a mí como un regalo de una mujer que admiro y quiero) y me ha dejado reflexionando.

Es un filme que habla de la presión a que se someten las mujeres por los condicionamientos sociales, la ignorancia y las tradiciones. Viéndolo, reí y lloré; pero sobre todo clarifiqué mi posición de rebeldía.

Sí, me rebelo y no acepto que ningún comercial, ni revista de moda, ni persona modelo -made in photoshop- me imponga un canon estético.

Mis curvas, -en mi caso la ausencia de ellas-, es el resultado de mi historia de vida; de mis circunstancias; de lo que elegí comer y lo que no; del regalo genético que me han hecho mis ancestros y del entorno en el que crecí. Mi historia de vida, esa que ha dado forma a mi cuerpo, es ÚNICA y SAGRADA.

Puede que a alguien no le gusten, ni mis nalgas, ni mis piernas, ni mis pelos, ni mi piel, y no pasa nada. Solo el dinero gusta a casi todo el mundo. A pesar de nuestras diferencias en cuanto a los gustos aún podemos sentarnos juntos en el mismo banco y mirar en la misma dirección, si la base de nuestra aproximación es el respeto a lo que somos.

Y por mi parte, elijo creer que somos más que carne, huesos, uñas y pelos.

Y para aquellos que insisten en “baja de peso”, “come más”, “ponte este color de pelo”, “maquíllate así”, “vas muy mona asá”; a veces les puedes sonreír; a veces les puedes ignorar; otras puedes darle una respuesta “a medida” o sino unas gentiles palmaditas en el hombro y empujarlos al borde de tu camino. ¡Fuera de mi camino! Allí seguro que encontrarán dos piedras para darle forma perfecta a sus genitales según SUS cánones de belleza.

Porque yo, tú, y todas somos -cada una a nuestra manera- bellas. Y es una elección personal si nos maquillamos, si nos teñimos, si vamos naturales, si toca perder 10 kilos, o si subimos al vértigo de agujas de 10 centímetros.

Yo, mi cuerpo, mi universo, mi Vida y mis curvas. Tú y tu cuerpo, tu universo, tu Vida, tus curvas.

Lo que entra por esa boquita, se incorpora de muchas maneras a nuestros diferentes cuerpos (físico, energético, emocional…). Y a veces necesitamos ayuda para saber lo que mejor se ajusta a nuestras necesidades biológicas para alimentarnos en cada momento de nuestras vidas.

De alguna forma hemos perdido nuestra inteligencia natural alimenticia: no olemos los alimentos, no sabemos masticar, comemos cuando no tenemos hambre, elegimos productos que no son saludables…

¡Urge aprender a alimentarnos, porque nuestros alimentos son nuestra medicina!

Si necesitas perder unos kilos, ganar unos kilos, mejorar tu digestión, o simplemente multiplicar tu salud y conocimientos sobre nutrición, este taller que imparte la reconocida nutricionista Marilú Mercurio es para ti:

nutrición

Una mujer que toma conciencia de su ciclo y las energías inherentes a él también aprende a percibir un nivel de vida que va más allá de lo visible; mantiene un vínculo intuitivo con las energías de la vida, el nacimiento y la muerte, y siente la divinidad dentro de la tierra y de sí misma.
A partir de este conocimiento la mujer se relaciona no sólo con lo visible y terrenal, sino con los aspectos invisibles y espirituales de su existencia.

Fue a través de este estado alterado de conciencia que tenía lugar todos los meses como las chamanas/curanderas, y más adelante las sacerdotisas, aportaron al mundo y a su propia comunidad su energía, claridad y conexión con lo divino.

La curación, la magia, la profecía, la enseñanza, la inspiración y la supervivencia provinieron de su capacidad de sentir ambos mundos, de viajar entre los dos y de llevar sus experiencias de uno a otro.

El incremento del dominio masculino en la sociedad y la religión hizo declinar la posición social de la chamana y la sacerdotisa hasta tal punto que los hombres terminaron por adoptar sus roles.

El papel de la sacerdotisa fue tan fuertemente reprimido por la sociedad occidental que la actividad de la mujer en la religión estructurada terminó por desaparecer por completo; lo que sí consiguió perdurar de un modo “clandestino” fue la posición de la adivina o bruja, que se convirtió en el último vínculo con las primitivas religiones matriarcales.

La hechicera de la aldea era una experta en magia de la naturaleza, la curación y las relaciones entre las personas, y tenía la capacidad de interactuar con las estaciones, su propio ciclo menstrual y su intuición; ayudaba y guiaba a sus semejantes en lo concerniente a la vida y la muerte, actuaba como iniciadora y transformadora valiéndose de los rituales de transición y dirigía las ceremonias extáticas que llevaban la unión, la fertilidad y la inspiración a su pueblo.

Estas mujeres simbolizaban el equilibrio de la conciencia y las energías femeninas dentro de una sociedad y una religión dominadas por los hombres, pero como desafortunadamente estos poderes representaban una clara amenaza para la estructura masculina, durante la época medieval se las persiguió sin tregua hasta virtualmente destruir la tradición de la bruja o hechicera en la sociedad.

Al atacarlas, los perseguidores no hacían otra cosa que admitir el poder de las mujeres, pero no fueron esas agresiones las que finalmente destruyeron la brujería: fue el hecho de que con el paso del tiempo la sociedad terminó por negar la existencia de esos poderes femeninos.

La bruja se transformó entonces en un objeto de mofa: comenzó por aparecer en los cuentos infantiles e incluso en la víspera de Todos los Santos como una figura cómica.

Lamentablemente, los primeros castigos que se les impusieron cada vez que eran capturadas, así como el miedo y la vergüenza que posteriormente provocó su imagen, hicieron que las mujeres dejasen de expresar aquellas habilidades y necesidades que habrían supuesto el resurgimiento de la tradición.

Los efectos directos de las persecuciones de las brujas todavía se perciben en nuestros días: la sociedad necesita enseñanzas que reconozcan la naturaleza femenina y sus energías, y sobre todo una serie de pautas claras para su utilización.

El hecho de que a la mujer se le haya negado la posibilidad de experimentar la espiritualidad en forma activa la ha llevado a aceptar una religión estructurada y dominada por los hombres, y evidentemente también ha tenido como resultado su total desconocimiento de su propia espiritualidad innata.

Para tomar conciencia de ella, la mujer debería “salir” de la religión masculina y de la mayor parte de la comunidad religiosa, lo que le resultará extremadamente difícil si ha crecido dentro de los parámetros de este tipo de religiones y no sabe lo que puede encontrar “fuera”, y hasta aterrador debido a la falta de tradición y de guía.

La opresión de la espiritualidad femenina es un evento relativamente reciente en la historia de la humanidad, pero se ha llevado a cabo de un modo tan exhaustivo que sólo quedan rastros de ella en el folklore occidental, la arqueología, los mitos y las leyendas.

Pero sobre todo está presente en el interior de la mujer, que aún necesita experimentarla.

A partir del siglo XX, período en que la mujer consigue ocupar un lugar más importante dentro de la sociedad, cada vez mayor su necesidad de expresar su espiritualidad es un modo reconocido; bajo la presión femenina algunas iglesias cristianas han aceptado mujeres en el sacerdocio, pero a pesar de que de esta forma reconocen su espiritualidad, se ven obligadas a negar su feminidad.

El término “mujer sacerdote” en lugar de “sacerdotisa” transforma a la mujer en un “socio honorario” de la iglesia e ignora su naturaleza femenina y los poderes que le son propios.

Una mujer no puede ser sacerdote en virtud de su feminidad, pero precisamente esa feminidad y su sexualidad son las que le unen a la conciencia de los divino, a los ritmos de la vida y al universo.

El clero ofrece a la mujer un rol espiritual reconocido, pero nada más; la capacidad de existir como un ser espiritual es inherente a su naturaleza y su cuerpo.

Las sacerdotisas, hechiceras, chamanas o brujas tienen la capacidad de transmitir los poderes de los divino, y ésta es una facultad típicamente femenina que proviene del conocimiento del propio ser.

En otras palabras: convertirse en sacerdotisa significa “bucear” interiormente.

La imagen de una mujer que sostiene una cáliz tiene una connotación diferente de la de un hombre en esa misma circunstancia —ya se acepte en forma consciente o inconsciente—, y tal vez sea eso lo que atemoriza a los hombres y les hace pensar que las mujeres se “apoderarán” de su religión.

Por este motivo es necesario volver a despertar ambas imágenes, que deberían equilibrarse y ser compatibles, con el fin de que se acepten mutuamente por derecho propio.

Los mitos masculino y femenino no son iguales, pero tampoco están separados: se encuentran intrincadamente entrelazados en equilibrio y armonía.

En el pasado se reconocía que la naturaleza femenina, tan similar a la de la luna, no hacía más que demostrar el vínculo que unía a la mujer con el universo; a través de su cuerpo ella experimentaba de forma intuitiva la conexión entre todas las formas de vida, la falta de distinción entre lo divino y la creación, y el ciclo de la vida, la muerte y el renacimiento.

La sociedad moderna carece de esta comprensión, y resulta difícil asimilarla a menos que las mujeres la experimenten directamente a través de sus cuerpos, y los hombres a través de las mujeres.

Hoy en día ya no hay sitio para las danzas extáticas, la espiritualidad expresada a través de la sexualidad y el cuerpo, ni para la voz de la profecía o el oráculo; y si bien cada vez son más las mujeres que aprenden a tomar conciencia de su naturaleza cíclica, que exploran sus energías cíclicas y su espiritualidad y que comparten su conocimiento a través de talleres, ilustraciones y libros, la sociedad continúa “desconectada” no sólo de los poderes de lo femenino y de la inspiración y la empatía que facilitan el crecimiento y la comprensión, sino también de la necesidad de eliminar el miedo a la muerte y de la unidad conformada por la mente, el cuerpo, la creación y lo divino.

Con la invasión femenina del “mundo masculino”, el avance de la mujer ha sido netamente intelectual: le falta la comprensión intuitiva y la creatividad que conforman la base de su naturaleza.

Por si esto fuera poco, no cuenta con arquetipos ni tradiciones que le indiquen lo que necesita ni cuáles son sus aptitudes en sus nuevas experiencias y áreas de trabajo, por lo que resulta de vital importancia que sea ella quien ponga remedio a esta carencia y traslade su naturaleza cíclica a su lugar de trabajo y su comunidad; que incite a la sociedad a considerar sus atributos femeninos como una fuerza positiva y sustentadora en todas las áreas de la vida, y que colabore en la creación de pautas, distintos enfoques y nuevas tradiciones que sirvan de guía a otras mujeres.

Es fundamental que cada mujer desarrolle su propia comprensión y disponga de una guía en su transición entre la infancia y la madurez; la sociedad moderna ha perdido muchos de sus rituales de transición, pero si pretende volver a dar al ciclo menstrual el lugar que le corresponde, es necesario que restablezca las ceremonias de iniciación a la pubertad, las relacionadas con las estaciones y la luna y las de transformación ante la muerte y el nacimiento.

Para restablecer la tradición femenina es preciso que se escriban nuevas historias y mitos, que se canten nuevas canciones y se pinten nuevos arquetipos; este despertar conectará a la mujer con la totalidad de su naturaleza y quedará grabado en la conciencia de las generaciones futuras para que nunca más se pierda.

Y lo que es más importante: generará un lugar en la sociedad para las chamanas, las adivinas, las sacerdotisas del oráculo, las brujas, las curanderas y las místicas.

Del Libro: “Luna Roja” de Miranda Gray

Muy personal: Hoy decido alimentar mi altar.


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